
Mi corazón atado
Quiero un amor que cubra con teja de caños esta herida abierta. Un amor compadre y jaranero, que me abra los ojos y cierre para siempre aquella puerta.

Mi corazón atado
Quiero un amor que cubra con teja de caños esta herida abierta. Un amor compadre y jaranero, que me abra los ojos y cierre para siempre aquella puerta.
Como un implante que resucitara al sonar determinada nota musical. Aun siento el vello en pie cuando los versos destrozan mi pequeño castillo de naipes. Versos que acompañan al mensaje en la botella que trajo esta mañana el mar a mi orilla. Está ahí, aparcado y sin abrir. Lo contemplaré y dejaré que mi cabeza divague y proclame las conjeturas necesarias para calmar mi ser, mi desasosiego, mi intranquilidad.
Hay hombres como el agua cristalina y transparente, con nombres escritos en la frente, en la palma de la mano. Nombres como catedrales, de su mismo peso. Invisibles al ser humano y al portador mismo. Tatuajes, grabados de tinta china que parecieran llevar siglos, vidas enteras en la mochila del artista.
En un parpadeo, en un suspiro, en un aleteo de una simple mosca siento el recuerdo de aquella noche, de aquella llamada, de la compañía. Escribo mi nuevo libro en blanco, rescatándome en cada rincón que ocupaste, en cada símbolo que guardaste en mis cajones.
Las cosas son lo que son, pero sin embargo encierran lo que jamás dejarán de ser. Verdades como puños, sentencias como proclamas de vida.
Rugen mis ansias de vida, como motores de bólidos puestos casi a punto. Aun te veo sentada en las gradas con tu mirada impasible, distante, fría, indiferente. Y más aprieto los dientes para cargar de gasolina el tanque, y salir corriendo como alma que lleve el mismísimo diablo. No merezco el olvido, no merezco la indiferencia, esta distancia, este desierto. Y ya no aguanto más. Juro por lo más sagrado que me arrancaré el corazón del pecho si es la única solución que tengo para no verte en cada esquina. Juro por lo más sagrado que no dejaré títere con cabeza en el caos de mi mundo. Si he de renunciar a posesiones materiales que para mi representan el regalo de un padre, lo haré.
Te di mi vida, mis días, mis pensamientos, mis risas, mis alientos, mis fuerzas, mis sueños, mis esperanzas, te di los dedos que hoy yacen muertos sobre séis cuerdas que no sé hacer sonar. Recuperaré cada una de estas cosas renovadas, en cada una de las palabras que me quiera regalar mi ángel, cada vez que quiera pasar su mano entre mi pelo. Hoy estoy atado de pies y manos a un recuerdo, y juro por Dios que o muere éste, o morimos los dos, el recuerdo, y yo.