Rugen mis ansias de vida, como motores de bólidos puestos casi a punto. Aun te veo sentada en las gradas con tu mirada impasible, distante, fría, indiferente. Y más aprieto los dientes para cargar de gasolina el tanque, y salir corriendo como alma que lleve el mismísimo diablo. No merezco el olvido, no merezco la indiferencia, esta distancia, este desierto. Y ya no aguanto más. Juro por lo más sagrado que me arrancaré el corazón del pecho si es la única solución que tengo para no verte en cada esquina. Juro por lo más sagrado que no dejaré títere con cabeza en el caos de mi mundo. Si he de renunciar a posesiones materiales que para mi representan el regalo de un padre, lo haré.
Te di mi vida, mis días, mis pensamientos, mis risas, mis alientos, mis fuerzas, mis sueños, mis esperanzas, te di los dedos que hoy yacen muertos sobre séis cuerdas que no sé hacer sonar. Recuperaré cada una de estas cosas renovadas, en cada una de las palabras que me quiera regalar mi ángel, cada vez que quiera pasar su mano entre mi pelo. Hoy estoy atado de pies y manos a un recuerdo, y juro por Dios que o muere éste, o morimos los dos, el recuerdo, y yo.