Escrito el 16 Jul, 2010

Reniego

¡Basta!

¡Basta!

Ya no siento. Ya no padezco. Ya desisto de todo intento de calmar esta inmensa rabia que recorre mis venas. Si vas a regresar por las noches a machacar mi tranquilidad, limítate a clavarme directamente el tercer puñal y acaba con todo. Has conseguido que reniegue, que crea firmemente que fue un tremendo error saludarte de aquella manera en la que entonces era mi tranquila vida. Haces que me arrepienta de cada una de mis palabras en aquel escueto y sincero mensaje. Ni tan siquiera debí leer, ni responder, ni ver el amarillo aquel día.

Desaparece. Llévate todo, cada una de mis frases, de las tuyas. Pero no vuelvas en los brazos de la noche para atormentarme. Haz como si jamás hubiera aparecido en tu vida. Sigue como aquel día en el que levanté tus ánimos y no debí hacerlo. Hoy soy una milésima parte de lo que te ofrecí sin conocerte, una ridícula parte restante de este tormento. Deja en paz mis sueños, mi descanso, mi refugio, y corre a encontrar si puedes alguien que se acerque al menos a lo que yo pude amarte. Sólo con esa ínfima parte podrás ser feliz, sólo con acercarte.

Quiero tumbarme libre del miedo a encontrarte, desatado de toda angustia, del pesar inmenso que me causa encontrarte. Encontraré la forma, lo juro, pero no volverás a maltratarme.

Escrito el 12 Jul, 2010

La carta ausente

Escribo aun torcido, como los renglones en los que escribe ese Dios que tuvo el atrevimiento de ponerte en mi camino. Escribo cartas y las tiro a la basura. Escribo tantas letras como veces te apareces en mis madrugadas. Cartas llenas de fantasmas que acechan mi tranquilidad, y la intentan derramar a lo largo de mis días. Un día me viste echar aquella carta, sin ver realmente que la echaba. No sé si hoy ves sin verme, si hoy sientes que escribo sin escribirte a ti. Te llamo sin querer que contestes, te grito con rabia como el que necesita el desahogo, el descanso, la parada en el camino.

Hay quien dijo una vez “Puedo escribir los versos más tristes esta noche“, y es precisamente esta noche, cuando encuentro que podría escribirlos, los más tristes de mi vida. Pero no lo haré. Seguiré escribiendo cartas abiertas desde el inicio. Cartas a corazón abierto, sinceras, llenas de ti, de mi, pero nunca más de tristeza, nunca más de dolor. Prefiero guardar estos versos para cuando de mi boca salgan frases cantadas, y gritar al que escuche mil historias sobre lo inmensamente feliz que pude ser, y lo tremendamente horrible y oscuro que se volvió el amanecer, el día que desperté tras mi partida.

Llevo tu carta ausente como el tatuaje que nunca me hice. En blanco y negro, en olvido, condenado a recordar, por pretender olvidar.