Escrito el 28 Aug, 2010

Sin recordar que te olvidé

Imagen del olvido

Imagen del olvido

¿Se puede olvidar un olvido? ¿Puede uno sumirse en el sueño diario cada mañana, olvidando que intentaba olvidarme de ti? Y es el olvido eterno de tu parte lo único que mi olvido recuerda, porque desde mis intentos de olvidarte, nacen otros olvidos para olvidar que sufro intentando olvidarte.

Olvido, qué palabra. Qué significado más cruel cuando no se logran sus objetivos. Quizás utilizando aquellas palabras que clavaste malintencionada en mi, aquella mañana, de aquellos días felices, pueda primero olvidar mis intentos, no recordar mi tarea diaria llena de olvido, de denodados esfuerzos por no plasmar en los ojos de ellas la imagen de los tuyos.

No quiero olvidar que te olvidé. Quiero olvidarme del olvido, para no regresar nunca a la dicotomía de ser, entre el olvido y tu amor, entre la locura y el presente, entre mis ganas de contemplarte de nuevo, y mi paz de estos nuevos días.

Escrito el 18 Jul, 2010

De alguna manera

Jamás, jamás intentaré volver a volar, porque mis alas las dejé colgadas en la pared del olvido. Jamás llegaré siquiera a imaginar que vuelo como lo hice antaño. Hoy este Ave Fénix sabe que volar, nunca volverá a volar. Intentará limitarse a existir recordando aquellos vuelos en los que creyó que jamás tocaría el suelo.

Decidí vivir con las alas cortadas para no envejecer en un rincón oscuro, simplemente esto. Hoy descanso de pesadillas, del horror del enfrentamiento, pero sé que estarás ahí, como árbol de hoja perenne, con las raíces clavadas en mi quehacer diario.

Escrito el 14 Jul, 2010

No tengo que escucharte

Me fui, sin mirar. Y no me di cuenta de lo que dejaba atrás. Busqué, y lo encontré. Ahora no me pidas nunca más volver. No tengo por qué buscarte, por qué mirarte.

Ya estoy tranquilo, sin tu mirada. No me hace falta, tu dulce cara. Ya estaba harto, de tus pasadas, no me haces falta.

No pienso, por dos. Sólo busco mi propia satisfacción. Ahora, me ves aquí, y te das cuenta de lo que fui para ti. No tengo por qué mirarte, por qué escucharte.

Ya estoy tranquilo, sin tu mirada. No me hace falta, tu dulce cara. Ya estaba harto, de tus pasadas, no me haces falta.

No tengo por qué escucharte, por qué mirarte. Se me olvidó por completo. Me he marchado de tu lado.

Lo sabes bien, lo sabes bien, sí. ¿Por qué?

Escrito el 12 Jul, 2010

La carta ausente

Escribo aun torcido, como los renglones en los que escribe ese Dios que tuvo el atrevimiento de ponerte en mi camino. Escribo cartas y las tiro a la basura. Escribo tantas letras como veces te apareces en mis madrugadas. Cartas llenas de fantasmas que acechan mi tranquilidad, y la intentan derramar a lo largo de mis días. Un día me viste echar aquella carta, sin ver realmente que la echaba. No sé si hoy ves sin verme, si hoy sientes que escribo sin escribirte a ti. Te llamo sin querer que contestes, te grito con rabia como el que necesita el desahogo, el descanso, la parada en el camino.

Hay quien dijo una vez “Puedo escribir los versos más tristes esta noche“, y es precisamente esta noche, cuando encuentro que podría escribirlos, los más tristes de mi vida. Pero no lo haré. Seguiré escribiendo cartas abiertas desde el inicio. Cartas a corazón abierto, sinceras, llenas de ti, de mi, pero nunca más de tristeza, nunca más de dolor. Prefiero guardar estos versos para cuando de mi boca salgan frases cantadas, y gritar al que escuche mil historias sobre lo inmensamente feliz que pude ser, y lo tremendamente horrible y oscuro que se volvió el amanecer, el día que desperté tras mi partida.

Llevo tu carta ausente como el tatuaje que nunca me hice. En blanco y negro, en olvido, condenado a recordar, por pretender olvidar.

Escrito el 10 Jul, 2010

Con la ayuda del frío

Tu mirada fría

Tu mirada fría

Así lo intentaré. Primero descompondré tu imagen entre paredes de cristal, encerrada y rodeada de agua. Colocaré tu recuerdo en el lugar más lúgubre de mi casa, dejando reposar tu imagen esos diez días que cumplan con su cometido. Después de haber borrado tus inmensos ojos del papel, volveré a recogerte, desdibujada, irreconocible, e intentaré pedirle al frío que congele tu recuerdo en mi mente, que lo dejé aun más frío que tu indiferencia hacia mi, que tu frío olvido, que tu intento de congelarme aquella vez.

Cuando otras diez lunas se escondan, sacaré del frío el conjuro de olvido, y podré comprobar si la ayuda que pido, me es concedida. El olvido, el desarme de tus tropas, aun acampadas frente a mi puerta.