Escribo aun torcido, como los renglones en los que escribe ese Dios que tuvo el atrevimiento de ponerte en mi camino. Escribo cartas y las tiro a la basura. Escribo tantas letras como veces te apareces en mis madrugadas. Cartas llenas de fantasmas que acechan mi tranquilidad, y la intentan derramar a lo largo de mis días. Un día me viste echar aquella carta, sin ver realmente que la echaba. No sé si hoy ves sin verme, si hoy sientes que escribo sin escribirte a ti. Te llamo sin querer que contestes, te grito con rabia como el que necesita el desahogo, el descanso, la parada en el camino.
Hay quien dijo una vez “Puedo escribir los versos más tristes esta noche“, y es precisamente esta noche, cuando encuentro que podría escribirlos, los más tristes de mi vida. Pero no lo haré. Seguiré escribiendo cartas abiertas desde el inicio. Cartas a corazón abierto, sinceras, llenas de ti, de mi, pero nunca más de tristeza, nunca más de dolor. Prefiero guardar estos versos para cuando de mi boca salgan frases cantadas, y gritar al que escuche mil historias sobre lo inmensamente feliz que pude ser, y lo tremendamente horrible y oscuro que se volvió el amanecer, el día que desperté tras mi partida.
Llevo tu carta ausente como el tatuaje que nunca me hice. En blanco y negro, en olvido, condenado a recordar, por pretender olvidar.