Como si se tratase de un escáner, de arriba a abajo. Te examino en mi mente, te desnudo, muy despacio. Gota a gota, desgranando mis caricias sobre tu recién descubierta desnudez, a la que jamás llegarán mis dedos a acostumbrarse. Se traspasa, mi piel se eriza, y llega a la tuya junto al torrente de sensaciones mutuas. No sé por dónde empezar, por dónde seguir, continuar, me dejo llevar. Quizás suelte mi mano derecha de tu pelo, quizás la deje cerca de tu cadera, a la que acabo de inundar de besos, a la que acabo de asirme para no dejar un suspiro de aire entre nosotros. Quizás deje que tu abrazo culmine mientras casi te arranco el labio, pero prefiero extender este maravilloso recuerdo que me estás regalando.
Sería capaz de viajar por tu cuerpo infinito día y noche, poniendo mi énfasis en la tarde, justo cuando la temperatura de mis deseos, sube a extremos insospechados. Sería capaz de tantas cosas si estuvieras entre mis manos, que basta con imaginar para haberte recordado.
Las miro. Una y otra vez caigo en el mismo agujero. Las miro tan de cerca que quisiera que con ello sintieras que lo hago, pero no es así. Fijo mis pupilas en la imagen de las tuyas y como en una película pasan a mi alrededor tantas sensaciones como caricias nos regalamos.
Sé que el frío se instaló entre tu lado de la cama y el mío. Que la distancia cambió a millones de años luz, pero sigo mirando, sigo, seguiré, como el que mira una estrella y piensa que de tan lejos que se encuentra, será en otras vidas cuando me toque estar cerca.
No sé cuando volveré a caer. Quizás cuando encuentre otra imagen tuya olvidada en uno de los rincones de mi ordenador, el que he barrido una y otra vez de arriba a abajo para no caer más, para no mirarte más, para no escribir más…