
Volando…
Sí guapísima, siempre te lo he debido. Soy un ser anclado en mis “deberes“, en mis “deudas“. Aunque todas ellas sólo sean, sólo existan en mi atareada mente, en mi maltrecho corazón, no por ello dejan de existir. Y por eso de vez en cuando, me dejo caer por mi cajón desastre y trato de saldarlas una por una.
Esta es la tuya, aquella que sin pretender, lo quiere todo. Sin pedir, lo pretende todo, aunque de tus manos saliese alguna vez que no era recíproco ni correspondido. Es la deuda que te cuenta que sin decirte nada, me quedé patidifuso en aquella casa de músicos el primer día que tuve el placer de admirarte, de reconocerte.
Con sinceridad y calma me dispuse a conocerte. A conocer a esa mujer con sueños, con anhelos, encerrada en partituras que no nos correspondían a nadie, y que hoy vuela libre escribiendo ella misma cada una de las figuras que adornan su camino, su propia banda sonora.
Eres música, belleza, y con un detalle que sólo tienen aquellas que son capaces de marcarme hasta el punto de hacerme crear este tipo de deudas en el tiempo, en el alma. Capaces de hacerse dueñas de mis amores platónicos, inalcanzables hasta que ellas mismas lo deseen.
Saldada mi deuda, mi cuenta pendiente, únicamente me resta contarte que cada vez que te veo aparecer, sonrío. Sonrío y brevemente lamento. Pero me agarro fuerte al Samsara para llenarme de esperanza, de sueños que quizás dentro de esta eterna rueda, me haga coincidir en un rincón contigo.
Namaste.
¿Existe un puente entre los dos? Espero, deseo, siento y anhelo su existencia.
¿Estarás sintiendo esto mismo que siento yo, motivo y provocación para estas palabras? No hago otra cosa que desear que me sientas.
¿De dónde sale esta bendita locura? Desde la nada, desde la inmensidad de un sentimiento tan puro como el primer amanecer de los tiempos.
¿A quién puedo preguntar por tus días, por tus noches? Le pregunto a él, a mi corazón, por miedo a otra respuesta que no sea la que necesito.
¿Cuánto más nos haría falta para saltar el miedo y romper nuestras cadenas? Poco, nada, tu presencia, tus labios…
Los labios de la noche se fundieron con los míos, para curar mi pobre corazón, que está partido.
La luna Luna que tú me pidas, la lunita te daré. Estrellitas del cielo para tu pelo, y para mi sed… Y para mi sed tus labios, terciopelo, fuego y miel.
De caramelo, tus labios de caramelo. Y los míos para probar la dulzura de tus besos ¡Ay tus labios, tus labios, tus labios de caramelo!
Aunque no vivo en Granda, yo siento la Alhambra. Mucho más siento estar fuera cuando tú me llamas.
Yo siento la Alhambra, Mucho más siento estar fuera cuando tú me llamas.
Cuando tú me llamas.
Esta mañana desperté tranquilo. Mientras bostezaba reparé en un pequeño rincón de mi alcoba. No lo había visto nunca antes. Parecía haber descubierto que mis paredes no marcan el fin, sino lo desconocido, y aquel pequeño rincón en mi alcoba, recién descubierto, era prueba de ello.
Me calcé las zapatillas y di tres pasos hacia él. Me encontré a gusto, sorprendido por la sensación. La música sonaba allí muy diferente, invadía mi anterior espacio. Aun ignoro el motivo, pero me di cuenta de que sonreía. Que no me hacía falta disfrazarme de nada para sentirme como en casa.
Qué lindo es despertar y descubrir un nuevo rincón en tu alcoba. Ahora sólo espero que mañana siga ahí, para volver a él, sentarme tranquilo a sonreír, y arreglar el mundo en un par de pensamientos.

Has de ser…
En tu rostro debe aparecer la ternura. Esa que despierte en mí el deseo, la curiosidad, el anhelo de tu roce, el miedo a tu ausencia.
Tus manos han de estar curtidas con las palabras del esfuerzo, con la calma del sanador y con el ansia del dependiente.
Ha de ser tu cuerpo la cuna en la que refugiarme a llorar cuando el mundo no me enseñe su cara más amable. El catre para mis necesidades e instintos más bajos, en los que encuentre los tuyos, asombrado por su fulgor.
Has de ser como ese soplo de aire fresco al abrir la ventana después del sexo. Inquieta, tolerante y amarga, juguetona y voraz. Son tantas, y tan pocas… que me bastará con observarte parpadear mientras pides otra copa de vino, para darme cuenta de que no sólo reúnes a mis anhelos, sino que a ellos añades tantas y tantas cosas, que no me bastarían ni mil vidas para poder compensarte, para poder amarte.
Todo cambia, todo, absolutamente todo. Nada permanece, ni tan siquiera un instante. Todo se hace tan fugaz, que si no estás atento, se escapa.
Ayer eran besos tus palabras, hoy no son ni palabras escritas en un teléfono, frías, sin alma ¿Tan rápido se mueren los pálpitos? ¿Es así cómo pensabas que serían mis acciones?
Lo siento pero necesito beber de ti a diario, y sinceramente preciosa, me has hecho sentir que no hay más agua, que se secó el pozo que creímos inmenso. Se fue, como cualquier instante, de esos que no permanecen, que se escapan, y entran a formar parte de esas sensaciones con las que siempre te preguntas ¿Hacia dónde hubiera girado todo esto?
De vez en cuando siento ese flash. Ese que me hace sonreír casi sin darme cuenta. Parece como si su sonrisa se hubiese colado en cada uno de mis pensamientos diarios. Me observa, paciente, y cuando advierte un pequeño bajón, allá que se encamina para ponerle a mi cara esa luz de la que desconozco su procedencia.
Recuerdo lo esfuerzos por sonreír, los desánimos al enfrentar realidades, rostros de fantasmas que, por suerte, ella ha logrado borra sin quererlo hacer, sin pretenderlo. Simplemente me sonrió, la besé, y todo se convirtió en una conversación que transformó aquellas pocas horas, en un reencuentro de almas perdidas, sedientas. Dos almas que se echaban de menos, que se necesitaban, y que por fin borraron de un plumazo dudas, temores, ansiedades…
Sí, de vez en cuando te siento, sonrío y me encuentro en paz. La que tú me regalaste, la que advertí en un primer vistazo cuando me asomé a tu ventana. Ahora vivo asomado, sonriendo, calmado e impaciente. Sediento de unos besos a los que no pude poner ni nombre ni color alguno, porque era imposible poner nombre a algo tan sumamente bello.
Los quiero, los quiero al despertar, después del café, al ir al trabajo, al volver de él, al ir a almorzar, al tomar el postre, al comienzo de la siesta, al despertar de ella, al comenzar un paseo por la tarde, al sentarnos a arreglar el mundo, al levantarnos y volver a casa, al preparar la cena, al primer sorbo de vino, al brindar de nuevo, al desear que termine la cena, al meterme en la cama desnudo, al observarte entrar en ella desnuda, al sentir que me atrapa la modorra, incluso, incluso los quiero mientras duermo, en mis sueños, fuera de ellos, entre ellos, los quiero, simplemente los quiero en mis días, en todos.
Parece que tiene la sonrisa clavada en la cara. Está lejos, mucho. Demasiado para lo que mis deseos pueden soportar. Quizás el loco que llevo dentro tomara el mando de la nave por un momento y me hiciese varar en su cala. Aun no lo sé. Lo que sí logro adivinar es después de mucho caminar, de demasiadas piedras en el camino, esa sonrisa clavada en su cara es capaz de decirme cosas que creí olvidadas, que casi tengo que interpretar, por miedo a equivocarme.
Está lejos. Lejos para envolverla en una mirada de las mías, o para sacarla a bailar allí donde no nos vea nadie, por vergüenza. Por la mía, esa que hace yacer inerte cuando todos bailan. Allí, cercados por la arena, por el rumor alejado de las olas, sería capaz de atravesarla con mis palabras sin abrir la boca. Está ocupada, perdida examinando la suya. Describiéndome paso a paso, despacito, todo el interior, los anclajes de esa sonrisa clavada en su cara. Sólo dejaría presente a mi luna, es ella y sólo ella la única con derecho a privarme de mis voluntades. La que me respeta y me ayuda, precisamente a quedarme colgado de aquel beso, para el que tengo su permiso, y su bendición.
Son muchas, demasiadas las noches en las que asomó la luna tras la esquina de mi ventada en la que anidan mis deseos. Y triste, con su palidez un poco más tenue, se da cuenta de que mi cama sigue coja, inquieta, sin el color anexo de un cuerpo de mujer. Son muchas, demasiadas las noches en las que logré calmar su tristeza con vanas soluciones, montadas en casa viendo Bricomanía. Pero la próxima vez que aparezca, la pillaré de frente y sin que ella pregunte, le volcaré minuto a minuto cómo me quedé prendado viendo, en una foto, una sonrisa clavada.
¿Pero qué…? ¿Qué son estas gotas de rocío? ¿Qué aroma es este? Lo recuerdo perfectamente, pero no llego a dilucidar su procedencia. Parece como si hubiese entrado en mi habitación aquella… no, no es posible. Después de haber construído ladrillo a ladrillo un muro de odio, de mentiras y rencor, nada le puede conducir de nuevo hacia mí.
Pero no veo bien, sólo alcanzo a ver sombras, siluetas llenas de recuerdos y de ansias.
◊ ¡Calla! ♦ ¿Pero quién…? ◊ ¡Calla! ¿No me reconoces? ♦ Sé que te amo. Sé que siempre lo hice. Pero esta maldita búsqueda de agua en el desierto está terminando con lo poco que quedaba de mi memoria. Por favor… ¿Quién eres? ◊ Soy yo. La mujer que hace que te estremezcas con sólo dibujar mi nombre en la arena de tus recuerdos. Esa bruja “malvada” del norte sin la que no puedes dar un sólo paso hacia adelante. ♦ Eso es imposible. Mi bruja no está, prendí yo mismo el fuego que la quemó en mi olvido. ◊ Resultó que ese fuego sólo hizo avivar aun más el altar en el que te puse. Hoy no aguanté más, y salí de tu recuerdo. Ahora estoy aquí, pero no por mucho tiempo. ♦ ¿Dices que cruzaste el avismo al que te empujé únicamente para mostrarme de nuevo este maldito deshielo? ¿Dices que mantuviste encendida la llama para guardar su agonía? ¿Para venir hoy a soplarla juntos? Tu no eres quien dices ser; como mucho tienes su cuerpo, su sonrisa, su olor o sus gestos, pero nada más. Ella jamás habría vuelto, así no.
Ya está bien de cuentos de vidas pasadas y futuras. Si he de encontrarte lo haré porque así lo quiera, y ahora me niego a creer que abriste la caja sólo para mirar los bombones. No, ni uno más. Hoy le di la oportunidad a quien la merecía y apostaré de nuevo todo junto a ella, real, dispuesta, valiente, soñadora y preciosa. Hasta aquí llegó nuestro “combate”.
Qué curioso… Es verte volver la esquina del olvido, y encontrar de nuevo a mis musas de frente ¿Las llamaste tú? ¿O simplemente se han presentado por sorpresa?
Todo fluye, y desde tu primera palabra de acercamiento, ese fluir ya no es tal, sino que tiene tintes de tormenta perfecta. Escribo, borro, vuelvo a escribir y borro. Y no por no gustarme lo escrito, sino porque veo mucho mejor reflejadas todas las sensaciones que causas en mí, en el siguiente escrito.
Me matas, me descolocas, me tumbas, me haces vibrar con tus “buenos días” ¿No te parece como si hubiésemos estado dormidos? Me imagino una noche en la que, aun siendo difícil, discutimos, nos enfadamos y nos arropamos juntos, pero cada uno hacia su lado de la cama. Un sueño de años en el que el despertar es tan dulce como el café que me traes a la cama por las mañanas, por las tardes, por las noches.
Tú tienes mi corazón. Lo tienes en propiedad, aunque yo tenga su usufructo, y haga con él lo que me plazca. Pero como te de por reclamarlo… ¡Hay Dios! Sería capaz de amarte sin descanso, durante el mismo tiempo que duró nuestro “enfado”, nuestro “mal sueño”.
Esta mañana escribí una frase que no llegaste a entender. “Eso tiene fácil solución”. Y la solución no tardará en caer, como cayeron nuestros muros, por su propio peso.


