¿Para qué necesito el desierto?
Ya tengo escritas las hojas de mi último cuaderno. Ahora me dedico a escribir en el aire los versos que me puedan brindar esas pocas palabras frías que me regalas alguna noche. No escribo más porque agotaste mis palabras, mi pobre diccionario lleno de faltas de ortografía ¿A qué o a quién escribir si resultaste ser objetivo involuntario de todas mis batallas? Por eso ya lo veo innecesario, vulgar, vano… Y no me refiero a la necesidad vital de tu aliento sobre el mío, sino al intento de volcar una y otra vez sobre un papel aquello que vuela hacia el norte constantemente.
Apago otro cigarro, lo dejo caer suavemente sobre un cenicero lleno de ideas de conquista, y lo quemo pensando en mis deseos, en que al final pudieran fluir junto a los tuyos. Es como un sueño bello en el cual vivo, despierto, camino, me alimento y descanso. Dejé de escribir, pero no de anhelar, no de soñar. Ahora pongo el automático y como una máquina enamorada de una ecuación, dejo saltar una y otra vez el retorno de carro para después leer en voz alta, esperanzado en tu llegada.
Así es mucho más fácil, más liviano, más llevadero. Sonriendo a cada paso sabiendo que lo estás percibiendo, mientras lees un libro en tu cama, esa de la que estuve a punto de caer por culpa de un maravilloso aliento. Aun sigo allí, con mis zapatillas bajo tu armario, mis calcetines en tu cajón, y mis palabras metidas en sobres manuscritos.
Sí preciosa, aun sigo. Porque no hay labios que hagan tambalear a los tuyos, ni sonrisas que me brinden la misma satisfacción. Si ya conocí el paraíso ¿Para qué necesito el desierto?

El cielo







