Gravedad

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Son unos pocos milímetros, inexistentes para los dos.
No hay distancias en cualquier habitación en la que estemos,
sólo dos cuerpos que se atraen como en una gravedad sin plano ni horizonte.
El uno cae al otro y se extiende en su roce.

Sueños

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Quizás

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Quizás hubiese estado bien caerme a tu cama desde la ventana de tu habitación. Algo de realismo mágico para endulzar aún más el comienzo. Aunque cuando lo pienso bien, también me asomé a la ventana para verte, despierto eso sí, y bien despierto. Creo que más bien sufrí el camino contrario. Me dejé caer y fue entonces cuando, como un sonámbulo, comencé a quedar hipnotizado por esos pequeños detalles que te adornan, que hacen del todo un universo bello en el que pararse por etapas y reconocer el terreno.

Entrar en el sueño de los locos de nuevo. Salir del veto impuesto por mi amigo el miedo, y, corazón en mano, atreverme de nuevo a nadar desnudo en el mar de los deseos.

Ahora miro al cubo de la basura, y río a carcajadas al verlo por fin vacío. Como una patena, dispuesto únicamente a recibir deshechos de cualquier sueño nuevo, compartido, disfrutado hasta las estrellas. Esas que colgarán de nuestra habitación cada noche al “encerrarnos” el uno en el otro, el otro en el uno.

Despierto, con la mochila cargada sólo por sueños ligeros, con mucho sitio para muchos más.

Desde mi ventana

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Comienzos

Verano… Justo en medio de la más calurosa de las estaciones. De fondo el Mar llamaba a los primeros deportistas adornado por las primeras luces del día.

Ellos, aún en la oscuridad de sus ojos cerrados calculaban el momento de abrir los párpados y mirar hacia el otro lado de la cama. Desnudos los dos, tapados únicamente por una suave sábana para salvar los leves fríos del amanecer. Sin más prisa que el concurso por despertar el segundo y dejarse acariciar por el beso del otro, la “competición” se rompió cuando los dos a la vez, llevados por el cansancio de tanta pereza, abren los ojos y cada uno encuentra al otro.

Se notan las ojeras, las pruebas del dormir poco, pero a gusto. Las señales del haberse devorado el uno al otro y el otro al uno después de haber reído como niños por cualquier cosa.

“¿Café?” – Pregunta el uno al otro. Y “el otro”, sin respuesta alguna por la incapacidad de articular aún palabra, dice sí con un beso, el primero de una larga lista para ese día. Se incorpora luciendo las señales de quién aún se queda en la cama, de sus caricias, de sus arañazos y bocados, y se encamina hacia la cocina para poner la pequeña cafetera.

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Disfruta

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Disfruta de esta noche de ausencia, de estos besos huérfanos, de estas caricias ciegas y etéreas. Disfruta de una ausencia que parece materializarse, de unos sueños que quieren desperezarse cuando aún reina la Luna.

Y cuando salga el Sol, recuerda estas noches de disfrute de ausencia, y compáralas con el primer beso de como la primera gota de lluvia, sepa convertir en papel mojado cualquiera de nuestros miedos.

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Siempre cae

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Tu recuerdo siempre cae como una hoja de guillotina a cercenar cualquiera de mis esperanzas. Alza el vuelo como una pluma en el viento para aguardar que su fuerza decaiga y volver así despacio al suelo. A ese suelo enmarañado en el que mis zapatos no encontraron aún acomodo, a ese suelo helado, vacío de sonrisas o de gestos sinceros.

Aún asoma el recuerdo de la curva al final de tu espalda, al nacer de mi lujuria, cuando menos se espera, o cuando menos se desea, porque lo que se desearía me es vedado, ya no existe en esta vida, no está, pero al igual que tu recuerdo, cada noche, entre mis sueños, siempre cae mariposa, siempre cae…

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Sin querer

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Uno no quiere, y aún así se describe tu risa en mis pensamientos. Como una nota al pie, como un pantalón olvidado en la esquina del armario.

Sé que estás, pero me hago íntimo del olvido, y salgo de cervezas con él. Con suerte, al llegar a casa ebrio de impulsos por frenar tu salida a escena, no aparezca aquel pantalón en la cama, y me permita soñar con un olvido que añoro, o con una inconsciencia que me haga inmune a tus fogonazos.

¿Dónde estás maldita ? ¿En qué lugar te escondes?

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Las malas lenguas

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Creo que has estado aquí siempre. Que la corteza del árbol no ha existido nunca. Quizás cuando baje las escaleras vuelva a encontrarte, o me quede boquiabierto mientras observo que mi casa está reluciente mientras el sol vuelve a entrar por el balcón.

No sé, puede que sea cierto aquello que cuentan las “malas lenguas” y deba abrir de una vez por todas mi caja de Pandora. Lo malo es el miedo a los rayos y truenos que pueda destapar, que pueda traer tu ausencia. Lo lamento tanto preciosa, no sé cómo hacerte llegar el regalo que calme tu ansiedad. Solo sé que en algún rincón mi viejo lápiz sigue escribiendo a la luz de una sencilla vela. Que es poca la luz para poder leer de cerca, y que quizás, sólo quizás, lo que escriba sepa calmar tanto tu inquietud como mis protestas.

Acabo de encontrar el camino al cielo, pero lo ridículo y humano que hay en mí lo desprecia, porque te sabe cerca, porque te intuye lejos. Has estado siempre aquí, ahora lo sé, lo que ocurre es que simplemente estuve demasiado atareado componiendo melodías para tranquilizar mi ser, ese que te buscó, te busca y te buscará, aunque ya estés cerca, aunque jamás estuvieses lejos.

Sigue danzando bonita, sigue atrayendo a mi el aroma de tus cabellos en cualquiera de mis despertares. Lo guardaré para brindártelo junto al humo del café cuando te vuelva a llevar el café a la cama. Junto al dulzor de tus besos, o el calor que prenda lo gélido de esta cama tan ancha.

Foto.

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Desde el acantilado

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Por aquel entonces, yo ya andaba en calma, meditando mientras sentía el frescor de las olas en mis pies. Quedaban aún ruinas por desmontar de aquellas que quisieron quedarse en mi playa, al menos durante algún tiempo. Dedicado a transformar de nuevo mi entorno, y pintarlo de nuevo de colores vivos, giré la cabeza hacia los acantilados cercanos, y allí estaba ella. Quieta, mirándome con paciencia mientras ponía de nuevo cada piedra en su sitio. La miré extrañado… ¿Qué haces ahí arriba? ¿Por qué no bajas? Entonces, se lanzó desde lo alto de aquel acantilado, sin pasar por los caminos que llevan a mi playa, sumergiéndose de golpe en las aguas que inundan mi cala. Salió a respirar, y como una Diosa, como una sirena harta de navegar a solas, caminó despacio hacia mi encuentro. Desnuda de prejuicios o cadenas, se acercó y me dijo… “No he bajado antes porque antes no llegué a tu playa”.

Descubrí que quizás mi playa no era mía, sino nuestra, que aquellos acantilados estaban allí como prueba de vida, dispuestos sólo a traerme lo necesario para aguardar su llegada. Descubrí también que su primer beso pintó de blanco todas las paredes de mi casa, animándome a escribir de nuevo con buena letra. Hoy duerme a mi lado, y siente miedo de las mareas. Yo le cuento que si la marea sube bastará con saber navegarla, que si hoy dormimos juntos sobre la arena, mañana quizás lo hagamos fijándonos en cómo empuja el aire nuestras velas.

Bienvenida.

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Páginas en blanco

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Hay ocasiones en las que del libro que comienzas a leer, te gustan hasta los filos de sus páginas. Te intriga hasta cómo resultaría un corte con un filo tan bello. Y antes de leer siquiera una sola palabra acaricias el borde de la página como diciendo… “confío en ti”.

Admiras las tapas, duras en apariencia, de una hipnótica imagen, de colores vivos e intrigante textura. Y vuelves a pasar la punta de los dedos sobre el libro como queriendo advertir de tu curiosidad, de unas ansias irracionales que comienzan a nacer en ti, de las cuales no te haces responsable.

Parece que no quisieras abrir el libro, que únicamente deseas admirar la portada, cuando en realidad estás deseando sumergirte en cada una de sus tramas. Lo que te lleva irremediablemente a imaginar que comienzas a leer muy despacio, pasando tu mirada sobre cada curva de cada letra. Lo sinuoso de una “S”, lo curioso de cualquier “h”, que dota de sentido a cualquier palabra, sin emitir sonido alguno. Como pidiendo sin pedir, como improvisando mientras sigues el guión que te marca lo recto de cada renglón.

Para no olvidar, anotas, subrayas, apuntando detalles a no olvidar, a tener siempre presente, cuando vuelvas a imaginar que abres el libro, que lo lees, que lo bebes, que lo acaricias y lo haces tuyo. Es entonces cuando reparas en un detalle tan importante como pequeño, de imaginar escribes, y de querer leer imaginas. No hay renglones escritos sino imaginados, porque las páginas de tus manos abiertas están en blanco; no hay nada escrito, y lo que escribimos imaginando, lo pasamos al lado izquierdo, para volver a ser leído.

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