Volando…

Volando…

Sí guapísima, siempre te lo he debido. Soy un ser anclado en mis “deberes“, en mis “deudas“. Aunque todas ellas sólo sean, sólo existan en mi atareada mente, en mi maltrecho corazón, no por ello dejan de existir. Y por eso de vez en cuando, me dejo caer por mi cajón desastre y trato de saldarlas una por una.

Esta es la tuya, aquella que sin pretender, lo quiere todo. Sin pedir, lo pretende todo, aunque de tus manos saliese alguna vez que no era recíproco ni correspondido. Es la deuda que te cuenta que sin decirte nada, me quedé patidifuso en aquella casa de músicos el primer día que tuve el placer de admirarte, de reconocerte.

Con sinceridad y calma me dispuse a conocerte. A conocer a esa mujer con sueños, con anhelos, encerrada en partituras que no nos correspondían a nadie, y que hoy vuela libre escribiendo ella misma cada una de las figuras que adornan su camino, su propia banda sonora.

Eres música, belleza, y con un detalle que sólo tienen aquellas que son capaces de marcarme hasta el punto de hacerme crear este tipo de deudas en el tiempo, en el alma. Capaces de hacerse dueñas de mis amores platónicos, inalcanzables hasta que ellas mismas lo deseen.

Saldada mi deuda, mi cuenta pendiente, únicamente me resta contarte que cada vez que te veo aparecer, sonrío. Sonrío y brevemente lamento. Pero me agarro fuerte al Samsara para llenarme de esperanza, de sueños que quizás dentro de esta eterna rueda, me haga coincidir en un rincón contigo.

Namaste.

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