Espiral maravillosa

Espiral maravillosa

Sin tener ni pies ni cabeza. O eso, o los pies y la cabeza más lindos de la existencia… ¿Ahora…? No, ahora no, espera. No descubras tu impaciencia, tu sed o tus ansias. Pero… a unos centímetros del cielo, sintiendo casi, imaginando, ya me sentí el ser más feliz de aquel salón, de aquella calle, de aquella ciudad, de este mundo.

Y no quise por un momento ni pensar en moverme de aquella bendita distancia, reclamada desde hace años en sueños, y que por arte de vir y virloque, de rodar y rodar, de caer y levantarse, se mostraba frente a mí como si de una película se tratase. Una película sólo para mí, sentado en un cine vacío, dedicado a ti, a observarte, a escudriñar cada suave movimiento de tu pelo.

Y de nuevo… Pero… ¿Y si me dejo caer, sin cuerda alguna desde este acantilado? ¿Y si rompo el tabú de lo platónico y paso a convertirme en un ser inmenso, ataviado con las alas que me brinden sus besos? Qué dicotomía más maravillosa. Gozar como lo estaba haciendo, sin dar un centímetro de más o de menos a una “batalla” perdida, o alzar mi estandarte y presentar mis respetos más allá de tu “trinchera”.

Creo que después de todo me quedé en las dos orillas. Una en la que sabes que te espero sentado antes de que el día cese. Imaginando como un chiquillo tu llegada, tu sonrisa. Y esa otra orilla en la que son dos los huecos en la arena, dos miradas hacia el horizonte que parece tragarse el último Sol, mientras te paso el brazo por los hombros, te sonrío, y me acuerdo de aquella noche en la que aproveché tu indefensión para contarte sin palabras que te he buscado sin buscarte, que te aguardé sin esperarte.

Cuán maravillosas son las vueltas de la vida. Infinitas esquinas tras las que sientes, pero no conoces, intuyes, pero no tienes la confirmación. Vueltas y vueltas hasta que ves señalado el camino sólo para ti. Como un cartel luminoso en una noche oscura, en una carretera desierta en la que de pronto aparecieses para terminar el camino… juntos.

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