Archive: January 2013

Hoy no soy yo

Hoy no soy yo el que te cuenta, el que te dice, el que te adula o halaga con torpes palabras. Intentos infructuosos por hacerte llegar un mensaje, una pasión. Pretensión humilde para que me lleves contigo allá donde te encuentres, desnuda del tiempo o la distancia, siempre conmigo.

Hoy me dio por “flojear” en mis intentos, por pedir ayuda a los maestros y no caer, si así fuese, en ningún error de principiante. Porque eso es lo que siempre seré mientras permanezca a tu lado. Un tembloroso neófito lleno de sueños, que se escapan por mi boca debido a mis ansias de ti, de tu cuerpo inmenso, de tus labios fijos en mi cuerpo.

Y por eso, hoy no digo más. Hoy no soy yo el que te cuenta, dice, adula o halaga, no, hoy se lo dejo a otro.

Espirales

Espiral maravillosa

Espiral maravillosa

Sin tener ni pies ni cabeza. O eso, o los pies y la cabeza más lindos de la existencia… ¿Ahora…? No, ahora no, espera. No descubras tu impaciencia, tu sed o tus ansias. Pero… a unos centímetros del cielo, sintiendo casi, imaginando, ya me sentí el ser más feliz de aquel salón, de aquella calle, de aquella ciudad, de este mundo.

Y no quise por un momento ni pensar en moverme de aquella bendita distancia, reclamada desde hace años en sueños, y que por arte de vir y virloque, de rodar y rodar, de caer y levantarse, se mostraba frente a mí como si de una película se tratase. Una película sólo para mí, sentado en un cine vacío, dedicado a ti, a observarte, a escudriñar cada suave movimiento de tu pelo.

Y de nuevo… Pero… ¿Y si me dejo caer, sin cuerda alguna desde este acantilado? ¿Y si rompo el tabú de lo platónico y paso a convertirme en un ser inmenso, ataviado con las alas que me brinden sus besos? Qué dicotomía más maravillosa. Gozar como lo estaba haciendo, sin dar un centímetro de más o de menos a una “batalla” perdida, o alzar mi estandarte y presentar mis respetos más allá de tu “trinchera”.

Creo que después de todo me quedé en las dos orillas. Una en la que sabes que te espero sentado antes de que el día cese. Imaginando como un chiquillo tu llegada, tu sonrisa. Y esa otra orilla en la que son dos los huecos en la arena, dos miradas hacia el horizonte que parece tragarse el último Sol, mientras te paso el brazo por los hombros, te sonrío, y me acuerdo de aquella noche en la que aproveché tu indefensión para contarte sin palabras que te he buscado sin buscarte, que te aguardé sin esperarte.

Cuán maravillosas son las vueltas de la vida. Infinitas esquinas tras las que sientes, pero no conoces, intuyes, pero no tienes la confirmación. Vueltas y vueltas hasta que ves señalado el camino sólo para ti. Como un cartel luminoso en una noche oscura, en una carretera desierta en la que de pronto aparecieses para terminar el camino… juntos.

Siempre te lo he debido

Volando…

Volando…

Sí guapísima, siempre te lo he debido. Soy un ser anclado en mis “deberes“, en mis “deudas“. Aunque todas ellas sólo sean, sólo existan en mi atareada mente, en mi maltrecho corazón, no por ello dejan de existir. Y por eso de vez en cuando, me dejo caer por mi cajón desastre y trato de saldarlas una por una.

Esta es la tuya, aquella que sin pretender, lo quiere todo. Sin pedir, lo pretende todo, aunque de tus manos saliese alguna vez que no era recíproco ni correspondido. Es la deuda que te cuenta que sin decirte nada, me quedé patidifuso en aquella casa de músicos el primer día que tuve el placer de admirarte, de reconocerte.

Con sinceridad y calma me dispuse a conocerte. A conocer a esa mujer con sueños, con anhelos, encerrada en partituras que no nos correspondían a nadie, y que hoy vuela libre escribiendo ella misma cada una de las figuras que adornan su camino, su propia banda sonora.

Eres música, belleza, y con un detalle que sólo tienen aquellas que son capaces de marcarme hasta el punto de hacerme crear este tipo de deudas en el tiempo, en el alma. Capaces de hacerse dueñas de mis amores platónicos, inalcanzables hasta que ellas mismas lo deseen.

Saldada mi deuda, mi cuenta pendiente, únicamente me resta contarte que cada vez que te veo aparecer, sonrío. Sonrío y brevemente lamento. Pero me agarro fuerte al Samsara para llenarme de esperanza, de sueños que quizás dentro de esta eterna rueda, me haga coincidir en un rincón contigo.

Namaste.