Archive: November 2012

Instantes

Todo cambia, todo, absolutamente todo. Nada permanece, ni tan siquiera un instante. Todo se hace tan fugaz, que si no estás atento, se escapa.

Ayer eran besos tus palabras, hoy no son ni palabras escritas en un teléfono, frías, sin alma ¿Tan rápido se mueren los pálpitos? ¿Es así cómo pensabas que serían mis acciones?

Lo siento pero necesito beber de ti a diario, y sinceramente preciosa, me has hecho sentir que no hay más agua, que se secó el pozo que creímos inmenso. Se fue, como cualquier instante, de esos que no permanecen, que se escapan, y entran a formar parte de esas sensaciones con las que siempre te preguntas ¿Hacia dónde hubiera girado todo esto?

Los quiero

De vez en cuando siento ese flash. Ese que me hace sonreír casi sin darme cuenta. Parece como si su sonrisa se hubiese colado en cada uno de mis pensamientos diarios. Me observa, paciente, y cuando advierte un pequeño bajón, allá que se encamina para ponerle a mi cara esa luz de la que desconozco su procedencia.

Recuerdo lo esfuerzos por sonreír, los desánimos al enfrentar realidades, rostros de fantasmas que, por suerte, ella ha logrado borra sin quererlo hacer, sin pretenderlo. Simplemente me sonrió, la besé, y todo se convirtió en una conversación que transformó aquellas pocas horas, en un reencuentro de almas perdidas, sedientas. Dos almas que se echaban de menos, que se necesitaban, y que por fin borraron de un plumazo dudas, temores, ansiedades…

Sí, de vez en cuando te siento, sonrío y me encuentro en paz. La que tú me regalaste, la que advertí en un primer vistazo cuando me asomé a tu ventana. Ahora vivo asomado, sonriendo, calmado e impaciente. Sediento de unos besos a los que no pude poner ni nombre ni color alguno, porque era imposible poner nombre a algo tan sumamente bello.

Los quiero, los quiero al despertar, después del café, al ir al trabajo, al volver de él, al ir a almorzar, al tomar el postre, al comienzo de la siesta, al despertar de ella, al comenzar un paseo por la tarde, al sentarnos a arreglar el mundo, al levantarnos y volver a casa, al preparar la cena, al primer sorbo de vino, al brindar de nuevo, al desear que termine la cena, al meterme en la cama desnudo, al observarte entrar en ella desnuda, al sentir que me atrapa la modorra, incluso, incluso los quiero mientras duermo, en mis sueños, fuera de ellos, entre ellos, los quiero, simplemente los quiero en mis días, en todos.

Una sonrisa clavada

Parece que tiene la sonrisa clavada en la cara. Está lejos, mucho. Demasiado para lo que mis deseos pueden soportar. Quizás el loco que llevo dentro tomara el mando de la nave por un momento y me hiciese varar en su cala. Aun no lo sé. Lo que sí logro adivinar es después de mucho caminar, de demasiadas piedras en el camino, esa sonrisa clavada en su cara es capaz de decirme cosas que creí olvidadas, que casi tengo que interpretar, por miedo a equivocarme.

Está lejos. Lejos para envolverla en una mirada de las mías, o para sacarla a bailar allí donde no nos vea nadie, por vergüenza. Por la mía, esa que hace yacer inerte cuando todos bailan. Allí, cercados por la arena, por el rumor alejado de las olas, sería capaz de atravesarla con mis palabras sin abrir la boca. Está ocupada, perdida examinando la suya. Describiéndome paso a paso, despacito, todo el interior, los anclajes de esa sonrisa clavada en su cara. Sólo dejaría presente a mi luna, es ella y sólo ella la única con derecho a privarme de mis voluntades. La que me respeta y me ayuda, precisamente a quedarme colgado de aquel beso, para el que tengo su permiso, y su bendición.

Son muchas, demasiadas las noches en las que asomó la luna tras la esquina de mi ventada en la que anidan mis deseos. Y triste, con su palidez un poco más tenue, se da cuenta de que mi cama sigue coja, inquieta, sin el color anexo de un cuerpo de mujer. Son muchas, demasiadas las noches en las que logré calmar su tristeza con vanas soluciones, montadas en casa viendo Bricomanía. Pero la próxima vez que aparezca, la pillaré de frente y sin que ella pregunte, le volcaré minuto a minuto cómo me quedé prendado viendo, en una foto, una sonrisa clavada.