Archive: May 2012

Que no se escape

La vida se escapa. Se marcha como se marcha este cigarro a cada calada que doy. Pudiera parecernos un enorme supermercado en el que si no estás atento y, sobre todo valiente, aquello que buscas, que anhelas y que deseas puede pasar de largo, y jamás volver a ninguna balda.

No recuerdo bien si era ya tarde, o si en cambio aun lucía el sol de mañana. Pero sí recuerdo, como si hubiese sido hace un segundo, el momento de verte por primera vez. A punto de atravesar tu puerta, te giraste, y aun no sé el por qué, pero me miraste. Fue un sólo segundo con una medio sonrisa que, al menos a mí, me llenó de pájaros la cabeza. Y sabes que te miré, y sabes que me calaste.

Allí plantado, rodeado de gente, pero yo… en mi isla desierta. Apuntando cada detalle, cada gesto de aquel segundo que alargué en mi mente hacia tiempos futuros.

Porque esta vida se escapa, porque no regresa nada, por eso, sólo por eso me despojo del yelmo y te muestro mis líneas, mis frases y, de paso, a mí.

La cajita

Aguarda, no continúes. Algo mío se acerca a ti sin que lo esperes. Algo que parte desde mis entrañas hacia las tuyas. Tan simple como enrevesado, tan misterioso como clarificador.

El silencio me mata tanto o más que a ti. Pero hemos de utilizarlo a modo de crisálida, de hogar. Sólo así comprobaremos si logran germinar todas las semillas que sembramos con nuestras palabras.

No temas mi niña. Todo es tan cierto como que el sol sale cada mañana, pero hay veces en esta bendita vida, en las que se han de librar guerras internas, sin violencia alguna.

Espera mi niña, estoy aprovechando el tiempo que me tocó vivir, más el tiempo en el que al parecer debí haber nacido. Hay viajes en los que aunque no se esté físicamente, se está, y lo sabes. Por eso, mi niña, aguarda. Encierra tus anhelos y tus frases en una cajita, hasta verme llegar a tu puerta.

Marinero en tierra

Tu cerveza

Tu cerveza

Lo borré todo, ya no queda nada de ti aquí. He cogido tus fotos y las he emborrachado en mis mil y una noches de borrachera para intentar olvidarte. Reuní tus escritos y los maltraté al descubierto de todos y de todas, aunque yo sabía que cada palabra tuya estaba tatuada en mí. Ironías, desvelos y traiciones a un sentimiento que no cesa, por mucho que me plante en medio del río para intentar parar el torrente.

Y ahora que lo consigo, ahora que resuelvo la equis dentro al menos de mi propia regla de tres, es ahora cuando el miedo a que aparezcas cuando ya no te llame, se planta en mí, y me esconde tras una máscara diabólica, que no deja lucir mi sonrisa sincera, esa que llamabas al abrir los ojos, en aquellos maravillosos días después del verano.

¿Qué hacer si se te ocurre volver a pensar en mí? ¿Temblarán mis manos como en tu última llamada? ¿Tendré que acudir a la química para volver a este mundo de locos? Ahora sé lo que siente el marinero en tierra. Ahora comprendo por qué cada noche abro mi bar y nadie entra a tomar una copa. Ando jugando sólo a bola 8, aun espero que recojas tu turno, aun aguardo con un par de cervezas frías para cuando vuelva a tocarme a mí.

Se convirtió en la partida eterna, a la que nadie quiere unirse porque mis ojos hacen de libro abierto, con tu nombre en la portada, con tus fotos dentro, con tus frases locas revueltas por entre sábanas de papel que hoy me tumban sólo recordándolas. Te quise, te quiero, y sí…

Érase una vez

Ya estás aquí, otra vez. Sabiendo que jamás te fuiste es sencillo encontrar respuesta a mi pregunta más recurrente. Has estado tantas veces, que ya no te extraño como dos días después de marcharme. Ahora simplemente te extraño, como si jamás te hubiese amado, como si mis labios nunca hubiesen jugado a esconderse entre tus piernas, o como si aquella noche en la estación de autobuses, nunca hubiese existido.

Debo estar de nuevo enfermo. Infectado hasta el hueso por el lamento que dejaste con tu desplante, con tu fría ausencia que no cesa, que no para, que no muere. Sintiendo de nuevo síntomas de flaqueza, de raras alucinaciones sobre tu cuerpo por fin desnudo, sólo para mí.

Y tú, seguramente ya de mí te olvidaste; y yo sin poder regocijarme en el olvido, sin poder plantar mi raíz en suelo fértil, allanado por la libertad, sin sentirme esclavo de un recuerdo, prisionero de una imagen.

Y te escribo, y te escribo más, y después te escribo. Porque no tengo manera alguna de gritar sin volverme loco, sin salir a llorarte al balcón de la vida, y que todos sepan que te extraño, que hay días que la vida se hace amarga. Amargor maldito de tu no presencia, de tu no sonrisa, de tu NO.

Hoy te he visto de nuevo. De nuevo otros ojos tornaron su gesto para volverse los tuyos. Y mi estómago se agachó, se llenó del peso inmenso de aquellos días en que me hiciste el hombre más feliz sobre la faz de la tierra.

Érase una vez, un mundo en el que había dos amantes. Érase una vez que esos dos amantes soñaron despertar juntos ¿Para cuándo el final del cuento?