
Mi castillo
A ti. Esa imagen divina que me visita por las noches. Que viene de paso a leerme cuentos para conciliar el sueño perfecto. Debo reconocer que cada día te siento más lejos, pero en cambio cada vez estás más cerca. Debo reconocer que alimento mis ilusiones con tus visitas furtivas, extrañas, llenas de incógnitas a las que no sé aun responder. Reconozco también haber sido nombrado caballero, vigilante diario de nuestros recuerdos más cercanos. Con mi cruz en el pecho, colgada de un sentimiento abierto en canal, ya no sufro por el vacío que dejaste con tu indiferencia. Yo mismo puse piedra a piedra la muralla que hoy nos separa, y a la vez que la guardo a ella, oteo el horizonte tras las almenas, buscando en el atardecer aquellos vivos momentos junto al ser que llegaste a ser para mi. Ese que creí, y creo eterno. Es así, inmenso, infinito y singular como cada beso que escondías para mi al llegar junto al árbol podado de tu puerta. Hoy ese árbol no dejará que veas ese mar en el que soñé que me sumergiría junto a tu cuerpo desnudo, agazapados, escondidos, descubiertos únicamente por la lámpara maravillosa de la luna, esa a la que miro, queriendo pensar a diario, que es la misma que tus ojos pintados a mano contemplan.
Estos días sirven para el consuelo, para dejarme llevar por un sueño yermo, inerte, conservando escritas todas tus preciosas palabras, y desterrando de mi reino aquellas que lo convirtieron en infierno. Cuán dulce puede ser un recuerdo cuando se amolda, se teje puntada a puntada, dejando brotar únicamente lo bello.
Espero que vueles tan alto como tus ilusiones te dejen, aquellas a las que logré partir una vez sus cadenas, junto al escudo que cubría tu ternura. Hoy creo que hice mi trabajo, mal o bien, pero llegué por algo, y hoy me siento junto a mi tesoro más preciado, para que nadie lo toque, para que ningún mal altere tu infinito recuerdo.
Desde el torreón más alto de mi castillo, te observo.