Dime que me quieres,
dímelo por dios
aunque no lo sientas, aunque sea mentira
pero dímelo.
Dímelo bajito,
se te hará más fácil decírmelo así
y el te quiero tuyo será pa'mis penas
lo mismo que lluvia de mayo y abril,
ten misericordia de mi corazón.
Dime que me quieres, dime,
dime que me quieres
dímelo por dios.
Te quiero más que a mi vida,
te quiero más que a mis ojos
o más que al aire que respiro,
y más que a la madre mía.
Que se me paren los pulsos si te dejo de querer,
que las campanas me doblen si te falto alguna vez.
Eres mi vida y mi muerte,
te lo juro compañera
no debía de quererte, yo no debía de quererte
y sin embargo te quiero.
Vino amargo que no da alegría,
aunque me emborrache no la puedo olvidar,
porque la recuerdo
dame, dame, dame vino amargo.
Que amargue, que amargue, que amargue
pa'quererla más.
Esta pena mia
me está apuñalando de noche y de día,
esta pena mía si me encuentro solo me da compañía.
Si ve que estoy triste se vuelve alegría,
si ve que me pierdo me sirve de guía
se que me atormenta y es una agonía
pero estoy contento, pero estoy contento con la pena mía.
Con la pena mia.
Todo me recuerda a ti. Mi habitación aun rezuma por todos sus rincones montones de recuerdos que me muestran colgado del teléfono contigo. Tus cosas, tus detalles, aun residen a mi alrededor, tanto física, como mentalmente. Y las quiero borrar, y las quiero lanzar al vacío del olvido acompañadas de un grito de rabia contenida ya por mucho tiempo. Pero no puedo, aun no está mi ser preparado para desprenderse de la armadura que lo hizo inmune a cuantas tropelías quiso lanzarme el destino.
Hoy siento que te olvidaste ya de mi. Sin darme cuenta comienzo a asimilar que el olvido pasó a tu cuarto el día que yo lo abandoné. Que ocupó todos los rincones de tu casa en el justo momento en el que te giraste tras mirar como marchaba por última vez hacia el tren que me llevó de nuevo al infierno. Supe en ese mismo momento que invitaste al olvido a vivir en tus días. Que no es cosa de hoy que sienta que me olvidaste. Que sí es hoy cuando por primera vez los asumo.
Olvido implacable y tenaz, enhorabuena una vez más.
Yo no puedo, mátalo tú. Haz que desaparezca y se borre como los surcos en la arena que dibujaste un día para mi. Acuchilla sin avisar las fuentes de las que bebo a cada minuto. Él ya tuvo suficiente con el gesto maravilloso de tu visita este último otoño. Lo alimentamos de sueños, de anhelos que nacían de vidas que hubiesen querido cruzarse desde el principio mismo de ellas mismas. Pero resultó que el cruce no esta preparado para ver tanta belleza. Resultó que la humanidad entera aun no tenía la suficiente madurez para asimilar que dos almas aterrizasen una junto a la otra sin poder ensuciar su fruto, sus días, sus imágenes, sus sonrisas.
Mátalo, que yo no puedo. Asesina de una vez al culpable, y que abandone mis sueños, mis noches y mis mañanas. Sácalo de la faz de la tierra, como si no hubiese existido. No soy capaz de levantar el puñal y darle muerte. No soy capaz de nada contra él. Quizás tú, quizás de un certero golpe de palabra, claves en su corazón la navaja que lo parta de una vez en dos, que lo pulverice, que lo convierta en la nada más absoluta.
Mientras, aquí está, a mi lado, viviendo y sin vivir en mi, como mi compañero de fatigas, como el compañero en la batalla, que en cada incursión diaria tras las líneas enemigas, tras llegar a casa dijera, “al menos llegaste, al menos sobreviviste a un día más”.
Llego a cada ocaso del día, llego más vivo que nunca, con más fuerzas que el día anterior, con mi compañero de fatigas, al que quisiera matar, al que quisiera ver alejarse moribundo… mátalo por Dios… mátalo.