Conjeturas

y alguna blasfemia que otra

Llegada desde el sueño

Es difícil explicar esta sensación. Cuando el amor de uno, su corazón y su alma están encarados hacia una sola persona, resulta increíble, surrealista, asombroso, que uno despierte al alba con la sensación de haberte amado a ti por unas horas.

Sé que he estado contigo esta noche. Te he besado como lo hice antaño, te he hecho el amor y tú me lo hiciste a mí, mejorando todos nuestros pasionales encuentros ¿Has querido colarte en mi cabeza esta noche? Como buena bruja que te considero, veo en eso una de las posibilidades para encontrar la paz a esta incógnita revelde. Aun ahora, muchas horas después, no logro ubicarme en el día, no consigo razonar con nitidez. Sólo recuerdo, imagino, escudriñando en un sueño maravilloso, inesperado y violento, que me va a tener dudando durante estos próximos días.

Letra, E, de Enrique, de ensueño, de evocador, de envuelto en tus caricias. Letra V, de violencia pasional, de verso en tus palabras, de voraz en tus necesidades. Y letra A, de asombro, de arte en tu desnudo, de altura en mis orgasmos, de asueto al contemplar tu rostro, tranquilo y sonriente.

Si lo vuelves hacer, Eva, hazlo igual, y que yo nunca, jamás despierte.

Soñando

Soñando

Como dice la canción…

Sólo en ti

Sólo en ti

No hago otra cosa, que pensar en ti.

El nombre mitológico

No sé si lo hubieras conseguido. Ignoro si serías capaz de ello. Lo único que sé es que me sentí desatado, libre, inmerso en un mar de posibilidades que hasta ahora creí cerradas a cal y canto. Conseguiste que el año nuevo resultara nuevo en el sentido más estricto de la palabra. Decidí que ya era tiempo de sacar a pasear ese encanto dormido, y lo puse de nuevo frente a alguien a quien los piropos se le quedaron cortos, inútiles. Quizás fuera la noche, inquieta, o la luz de cualquiera de los bares que nos vieron entrar, pero ayer me vestí de cobarde, intentando decidir la conveniencia o no de un asalto en toda regla.

Imaginé mil veces el resultado, y por culpa de esto me quedé sin comprobar con los ojos cerrados si hubieses sido capaz de liberarme de cadenas, de fantasmas y de las fotos que llevo en mi cartera. Aun así, me quedo con el placer de un acercamiento de tropas maravilloso. Ahora están allí, oteando el horizonte en el que brillas como la estrella que ayer noche llevé en mi bolsillo.

No voy a preguntarme más qué hubiese pasado, prefiero sacar fuerzas de nuevo, y fijar en mis deseos un objetivo con nombre mitológico, con cabellos del color de la mañana más luminosa, y una sonrisa tan grande, que en ella entran cuantos sueños sea uno capaz de imaginar.

¿Para qué necesito el desierto?

Ya tengo escritas las hojas de mi último cuaderno. Ahora me dedico a escribir en el aire los versos que me puedan brindar esas pocas palabras frías que me regalas alguna noche. No escribo más porque agotaste mis palabras, mi pobre diccionario lleno de faltas de ortografía ¿A qué o a quién escribir si resultaste ser objetivo involuntario de todas mis batallas? Por eso ya lo veo innecesario, vulgar, vano… Y no me refiero a la necesidad vital de tu aliento sobre el mío, sino al intento de volcar una y otra vez sobre un papel aquello que vuela hacia el norte constantemente.

Apago otro cigarro, lo dejo caer suavemente sobre un cenicero lleno de ideas de conquista, y lo quemo pensando en mis deseos, en que al final pudieran fluir junto a los tuyos. Es como un sueño bello en el cual vivo, despierto, camino, me alimento y descanso. Dejé de escribir, pero no de anhelar, no de soñar. Ahora pongo el automático y como una máquina enamorada de una ecuación, dejo saltar una y otra vez el retorno de carro para después leer en voz alta, esperanzado en tu llegada.

Así es mucho más fácil, más liviano, más llevadero. Sonriendo a cada paso sabiendo que lo estás percibiendo, mientras lees un libro en tu cama, esa de la que estuve a punto de caer por culpa de un maravilloso aliento. Aun sigo allí, con mis zapatillas bajo tu armario, mis calcetines en tu cajón, y mis palabras metidas en sobres manuscritos.

Sí preciosa, aun sigo. Porque no hay labios que hagan tambalear a los tuyos, ni sonrisas que me brinden la misma satisfacción. Si ya conocí el paraíso ¿Para qué necesito el desierto?

El cielo

El cielo

Carta a los Reyes Magos 2012

Hace ya tiempo que dejé de pedir, lo considero egoísta, y no es que piense que los que sí lo hacen así sean, sino que creo que mis peticiones están más allá de lo humanamente razonable. Pero este año, sin duda, he de reconocer que lo he pasado pidiendo en silencio, anhelando con cada gesto ver cómo se hace realidad un sueño, una esperanza.

Sevilla, a 5 de enero de 2012

Queridos Reyes Magos de Oriente.

Sí, vuelvo a ser yo. El mismo que en vidas pasadas, con distinta ropa, pero con los mismos anhelos. Voy a dotar a esta carta de la importancia que se merece, tildándola de la más importante de cuantas os he hecho llegar. No deseo nada material, asequible al vil metal. Quiero despertarme cada mañana bañado por un inmenso color azul. Quiero que lo primero que sientan mis manos cada día sea del color del trigo intenso, bañado con una pizca de Sol. Quiero que al llegar a casa cada tarde me encuentre con la ternura hecha ser humano, aunque ésta tenga un mal día, y se disfrace de colores oscuros por un momento. Quiero saber que hay una parte de mí que sobrevive dentro, que se alimenta haciendo sonreír, poniendo ladrillos al edificio en el que guardar los papeles de una felicidad conjunta. En fin…

No pido demasiado ¿O sí?

Mi "Regalo"

Mi "Regalo"

Un Ángel lejano

Hay un Ángel allá, cruzando el inmenso océano. Tiene tantas respuestas en su cajón, que resulta fácil acercarse a ella con sólo dos palabras. Guarda tantas palabras que regalar, que creo que formo parte de una religión cuyo único camino lleva su nombre. Nombre de significado dulce, tierno y compasivo. Virtudes que regala al primero que se le acerca pidiendo ayuda. Como benefactora de almas perdidas, en busca de una pizca de consuelo, de luz en la oscuridad del día a día.

No sería el que soy si no te hubiera conocido, y no dejaré de dar gracias al universo por haberte cruzado en mi camino. Dicen, y dicen bien, que uno recibe lo que brinda, y así pasa conmigo, y pasará contigo. El día que te venga de vuelta toda la felicidad que ofreces, veré tu luz desde este lado del océano.

Gaston Casimir Saint-Pierre - Diana the Huntress

Gaston Casimir Saint-Pierre - Diana the Huntress

Sabes que es para ti

Ya no estás más a mi lado corazón.
En el alma sólo tengo soledad.
Y si ya no puedo verte
¿Por qué dios me hizo quererte
Para hacerme sufrir más?

Siempre fuiste la razón de mi existir.
Adorarte para mi fue religión.
Y en tus besos yo encontraba,
el calor que me brindaban
el amor y la pasión.

Es la historia de un amor
como no hay otra igual.
Que me hizo comprender
todo el bien, todo el mal.
Que le dio luz a mi vida,
apagándola después.

Ay, qué vida tan oscura.
Sin tu amor no viviré.

Es la historia de un amor.

Historia de un amor

Historia de un amor

Encuentros con mis fantasmas

Hoy es el día. Mis entrañas están al cien por cien de su rizo. Hoy tengo el alma desgastada, aunque sólo me lo permita durante un minuto. Eres tan bella que la lástima fue no conocerte en tu concepción, para quedarme contigo. Arrebatarte de los brazos de tu madre y ver esa luz inmensa crecer, crecer y crecer hasta el día en el que un matrimonio sagrado, sellado con una mirada tuya, destierre todos los fantasmas que hoy, en este preciso instante, dejan sus cuerdas caer por la cornisa de mi mente, para descolgarse a su antojo en mis adentros.

Siento aun que el mañana puede traerte, ávida de ese amor que dices que sólo yo sé darte. Un amor que, conjugado con una pasión jamás vista, rompe tanto lo físico, como los tableros de tu cama. Hoy estoy en ti, en todas tus acciones o en todas tus despedidas. Simplemente me disfracé de peregrino en cada hombre que te cruzaste esta mañana, en cada vaso de agua que te llevaste a la boca, en cada parpadeo que sin querer, me dedicaste.

Te añoro. Te añoro con una fuerza extraordinaria. Sabedor de que el día en que te conocí, vestida de rojo, colgué el traje de luces, y me corté la coleta. Hasta ese punto llega mi adoración, hasta el punto en el que todos mis esquemas quedan por los suelos, y uso palabras y expresiones desaliñadas, enterradas para no hacer daño a algo en lo que creo. Puedo ser el que soy, ni más ni menos, amando cara a cara cada trazo de pincel fino que llevas impreso en tu piel, como si de un precioso óleo se tratase, colgado en mi pared como el más triste, y a la vez feliz de mis recuerdos. Tristeza amarga de saberte allí, lejos, con un muro infranqueable que delata mis miedos, que sólo podrías derrumbar tú, para pasar al otro lado, donde te espero ansioso, con una flor y un beso cada mañana, con una fiesta de pasión a cada paso del día, con tu nombre grabado en cada conversación ingenua, vacía de significado si no te encuentra.

Te me vas, te me fuiste, qué pena mi amor… qué pena.

Fantasmas

Fantasmas

Adiós

Adiós

Adiós

¡Qué palabra!… Adiós. Sobre todo cuando el sentido del que viene mana de un desconsuelo, uno, como el mío. Desconsuelo por comprobar como aun abriendo de par en par la ventana del corazón, y mostrar el polvo bajo los muebles, aun eres capaz de escribir palabras de desaire, altivas. Palabras que esperé en su momento, y que no llegaron. Palabras que necesité como respuesta al camino, a la ruta de felicidad que tracé para ti en aquella carta.

Hoy me siento a pachas entre creerme de veras que utilizaste el vocablo maldito del adiós para marcharte, o si por el contrario me adviertes de tu partida llamándome de una manera extraña. He de confesar que ninguna es válida, ninguna cobra sentido en mi cabeza, y mucho menos en mi pecho. Este vagabundo de las utopías sólo quiere que le quieran, sentir que lo que brinda es recibido y disfrutado, nada más. Este vagabundo no quiere, como así le haces sentir, que lo quieres porque no encontraste a quién, que le das un hueco, unas migajas, un consuelo, una limosna.

¿Personas como yo no se encuentran? ¿Y qué carajo haces entonces dándome la impresión radicalmente opuesta?…

Tú, llamando al adiós despedida, y yo sonriendo mientras sueño que te fotografío todo los días, en todas las posturas, con toda esa baraja de sonrisas divinas que el creador te regaló. Y es que no puedo parar de plasmarte, y no lo haré jamás, porque yo sí que te amo. Labios a borbotones, naricilla, ojos inmensos, inmensamente tiernos y profundos, así te tengo, y te guardo todas las noches a mi lado.

Adiós.

El loco que habla con la luna

Cuando al sol le faltan fuerzas. Cuando el sol ya no calienta, dejando de calentar el alma. Es ese momento cuando más enamorado de la luna me siento. Enamorado de sus miles de perfiles, de sus apasionadas apariciones a pleno día, como despreciando las leyes de esa misma naturaleza de la que es parte. Está allí, dispuesta a encontrarse con él. Ese sol que la busca desde el alba hasta el anochecer, y que sabe que si se rindiera, dejaría pasar esas miradas de frente a ella, esas sonrisas llenas de complicidad, esos besos de pasión sin ni siquiera rozarse.

Me enamoro de ti cada noche. Porque te veo ahí, la misma de siempre, pero única como ninguna. Tan resplandeciente, que ocurra lo que ocurra en este mundo, simplemente alzando la vista logro calmar mis mares de dudas, mis ansiedades. Y me lleno de esperanza cada vez que sonrío y te grito – ¡Guapa! – mientras todos miran al loco que habla con la luna.

Luna y Sol

Luna y Sol